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Honduras posee un rico legado colonial que puede admirarse en iglesias, fortalezas y viviendas. Lo que es más, se trata de una cultura viva con fuertes raíces en el mundo prehispánico. Acompañe a una viajera en su aventura por el circuito turístico COLOSUCA por la Ruta Lenca, de magia ecológica y cultural única.
Me encanta viajar en diciembre buscando el calor. Pensamos llegar a las Islas de la Bahía de Honduras, pero nuestro camino nos llevaría a otros rumbos; a una tierra que desconocíamos: Colosuca.
En Copán Ruinas, tras las huellas de la civilización maya, comenzó nuestra aventura. Elisa quería hacer senderismo, así que decidimos ir a Celaque, la montaña más alta de Honduras. Viajamos en bus, primero hasta Santa Rosa de Copán, y luego hasta Gracias, la puerta a la Colosuca. Casitas de adobe, campos de maíz y frijoles, caminos de barro, niños descalzos que miraban pasar, mujeres que subían al bus tras caminar dos horas desde su casa… Llegamos a Colosuca, donde las nubes difuminan un verde intenso y las montañas huelen a mojado.
Su centro era una conjunción de pulperías, viviendas tradicionales de teja de barro y aleros de madera, y otras que juegan a revivir el sabor colonial. Nos topamos con una anciana con una gran sonrisa que llevaba un vestido rosa intenso, un collar rojo y un canasto de pan dulce sobre su cabeza, que nos endulzó la tarde.
En la plaza central encontramos un kiosco; era la oficina de información turística. La chica que allí trabajaba nos envió a Casa Galeano, donde no sólo constatamos que toda la zona estaba salpicada de impresionantes iglesias coloniales, sino que entendimos que nuestro viaje era a una cultura viva con raíces en el mundo prehispánico.
¡La montaña de Celaque nos esperaba! Un mototaxi nos llevó hasta Villaverde, un acceso al parque nacional. Ya anochecía cuando llegamos. Montamos la tienda de campaña junto al centro de visitantes, un gran lugar para ver las estrellas.
Me habían dicho que Celaque era una de las áreas protegidas más grandes de Honduras, pero lo que más ansiaba ver era un bosque nublado. Se respiraba un ambiente mágico cuando los árboles de liquidámbar nos anunciaron que estábamos cerca de la “caja de agua”: helechos prehistóricos, muchos pinos, formaciones graciosas que el guía llamaba “gallinazos” y árboles de hojas anchas que pueden tomar agua directamente de las nubes.
Escuchamos unos ruidos que Juan Carlos reconoció como el sonido de un quetzal. Subimos hasta el Mirador de la Cascada: una vista sobrecogedora. De regreso a Gracias fuimos directamente a las aguas termales, un pequeño paraíso para reposar tantas emociones.
Al día siguiente marchamos hacía la Campa, por una carretera de tierra que se adentraba entre las montañas y levantaba un olor a tierra mojada y café. La majestuosa iglesia de San Matías se alza en medio de un pueblo de campesinos y artesanos, hombres de maíz y mujeres de barro.
Había una exhibición de alfarería Lenca. Comprendimos la importancia de esta actividad en su economía, en su universo de creencias y mitos, y sobre todo en la forma de vida de la comunidad, siempre ligada al barro.
Nuestra ruta tenía que continuar, pero sabíamos que en Colosuca nos quedaban muchas experiencias por vivir y tantos lugares a los que llegar. Belén, San Sebastián, San Marcos de Caiquín, San Manuel Colohete… En ese lugar donde una se siente unida a sus gentes de sonrisa tímida y mirada acuosa, una no puede más que agradecerles el cuidado de ese trocito del mundo al que sé que muy pronto volveré.
Laura
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